martes, julio 04, 2017

LA TIRANÍA #LGTB



Ignacio Arsuaga, presidente de Hazte Oír, fue entrevistado hace un par de semanas en Antena 3. El tema fue, naturalmente, el autobús naranja que ha recorrido España y otros países, recibiendo todo tipo de ataques violentos, para denunciar la imposición de la ideología de género en las escuelas y defender la libertad de los padres de educar a sus hijos según sus convicciones.
Como era previsible, la periodista Susanna Griso sometió al activista a un interrogatorio con la finalidad de que su entrevistado tuviera que defenderse de la acusación de estar favoreciendo, indirectamente, el acoso escolar a niños con problemas de identidad sexual. Aunque dio la sensación de que, más que incriminar a Arsuaga, la periodista quería dejar clara su propia postura políticamente correcta.
La defensa de Arsuaga fue, en mi opinión, muy razonable, pero el problema es que, debido al formato breve de la entrevista, no pudo apenas ser otra cosa que eso, una defensa. El presidente de HO incidió sobre todo en la libertad de educación de los padres, lo cual por supuesto es absolutamente necesario. Pero no es suficiente, porque lo malo de la ideología de género no es sólo que atente contra libertades formales, sino que se basa en premisas acientíficas y nocivas sobre la naturaleza humana, que empiezan por perjudicar a aquellos que dice defender.
Para empezar, hay que desmontar con toda claridad la falacia de que existe una relación causal entre disentir de la ideología de género y el acoso escolar o cualquier violación del artículo 14 de la Constitución. Y que de este modo, asocia términos como “homofobia”, “transfobia” o “machismo” con cualquier discrepancia teórica de la ideología de género, que es algo tan burdo como llamar fascista a quien no esté de acuerdo con las ideas socialistas.
Dicha falacia pretende que sólo se puede proteger a los transexuales y LGTB en general “normalizándolos”. Esto es como si dijéramos que sólo se puede proteger a los gordos (que suelen ser blanco fácil de burlas más o menos pesadas) normalizando la obesidad. Es decir, presentándola como una “opción”, y tratando de erradicar los “prejuicios” contra el exceso de peso. Imaginen que llevados de este impulso supuestamente justiciero, animáramos a ganar kilos a todo aquel que quisiera, incluso aunque gozara de una constitución adecuada, y en cambio prohibiéramos las dietas de adelgazamiento.
Si alguien objetara contra la comparación que la obesidad es una enfermedad o trastorno, mientras que la transfobia o la homosexualidad no lo son, podríamos acusarle por la misma regla de tres de gordófobo, y de paso exigir que los manuales de medicina eliminaran la obsesidad de sus listas de enfermedades. Pues bien, este es exactamente el disparate que se comete con la transexualidad.
El acoso y otras formas de injusticia contra cualquier ser humano son inadmisibles sin excepción, sean cuales sean las peculiaridades físicas o psíquicas de sus víctimas. No se requiere en absoluto “normalizar” lo que no es normal (es decir, que se sale de la norma estadística, o de lo preferible por razones de salud o de otro tipo). Más aún, los esfuerzos de normalización son contraproducentes, pues incentivan conductas poco saludables o recomendables, además de instaurar una suerte de hipocresía o “doblepensamiento” obligatoria.
Para que un niño con disforia de género no sea objeto de burlas lo peor que podemos hacer es escamotear la realidad, proclamando que hay niñas con pene y niños con vulva. Porque por mucho que nos empeñemos en lo contrario, la realidad seguirá ahí. Separar el sexo de la biología es tan absurdo como lo sería separar un supuesto “peso percibido” del peso real, dándole la razón a quienes padecen anorexia. En cualquier caso, no estoy ayudando sinceramente a alguien sosteniendo que la solución de sus problemas pasa por obligar al mundo entero a comulgar con piedras de molino.
El quid de la cuestión reside en que la dignidad inherente a toda persona humana es un concepto inseparable de nuestra raíz cultural judeocristiana. Pero como ahora los occidentales ya no somos oficialmente cristianos (especialmente, ya no lo son las élites que elaboran el pensamiento dominante), sino algo que podríamos definir como progres laicos multiculturalistas, nos hemos incapacitado prácticamente para entender la igualdad como algo que trasciende las diferencias empíricas y culturales entre los seres humanos. Desconectados de toda referencia trascendente, para no caer en un posible nihilismo nazistoide, nos vemos abocados a negar simplemente dichas diferencias. A negar absurdamente que existan los sexos y las razas. Y a negar también que haya culturas y religiones mejores que otras, al menos en ciertos aspectos fundamentales. Hay que proclamar que ser homosexual o transexual es un “orgullo”, y al mismo tiempo que el islam es paz y amor.
Esta negación esquizofrénica de la realidad implica inevitablemente acabar estrellándose contra ella, y es sin duda el mayor problema que amenaza a la civilización occidental. Requiere cuestionar toda nuestra tradición racionalista y cristiana, lo que históricamente ha sido la madre de los totalitarismos comunista y nacionalsocialista. (Como es sabido, el progresismo pretende enfrentar el racionalismo y el cristianismo, especialmente a partir de la reforma protestante. Es probablemente su truco de mayor éxito, y no debemos cansarnos de denunciarlo.)
Volviendo, para terminar, al terreno de lo concreto, una cosa es que respetemos a alguien que quiera ser llamado Vanesa en el trato cotidiano, aunque su documento de identidad diga Manolo. Personalmente, no tendría el más mínimo problema con ello. Pero ningún gobierno puede imponerme esa mera condescendencia o cortesía. Nadie absolutamente puede obligarme a afirmar en toda circunstancia (privada, académica, etc.) que Manolo es una mujer, a despecho de su cromosoma XY, o que la tierra es plana o que dos más dos son cinco.
Nadie puede obligarme a que acepte como “normal” o como verdadero lo que no lo es, o que aplauda aquello que no veo bien. Hay que decirlo claramente: las asociaciones LGTB tratan de establecer una tiranía. Quieren imponer su fanática intolerancia, y encima llamarla tolerancia. Hay que resistirse a ello con toda firmeza. Deben eliminarse todas las subvenciones públicas que reciben (y lo mismo digo de las asociaciones llamadas “feministas”) y hay que revertir toda la aberrante legislación que han conseguido (y todavía conseguirán) implantar, a nivel autonómico o estatal. Pero por encima de todo, hay que defender la familia natural formada por la madre, el padre y sus hijos biológicos, como la forma óptima de desarrollo e integración social del individuo, especialmente durante la infancia.
Carlos López Díaz.
https://ceroenprogresismo.wordpress.com

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