martes, junio 23, 2015

EL OTRO FERRARI CHOCADO.


Roberto Ampuero: "Desde el "dejémonos de leseras" como reacción ante una legítima inquietud de la mayoría, Chile ya no es el mismo. Hay frases que marcan un antes y un después en una administración. Y esa es una de ellas... "

Manejando bajo los efectos del alcohol, Arturo Vidal puso esta semana en peligro a terceros, y chocó y destruyó su Ferrari, con lo que desató un debate. El caso convirtió al fútbol en metáfora de la política, pues, con el proceso de reformas estructurales, la Presidenta ha estrellado, a mi juicio, otro Ferrari, uno mucho más valioso: Chile. Guardando las proporciones, en el contexto de América Latina, el Tercer Mundo y varios países de Europa oriental, Chile era hasta hace poco una suerte de Ferrari. No uno impecable, desde luego, pero sí uno que muchos celebraban, imitaban o deseaban tener.

Para el azoro de quienes siguen corriendo, nuestro vehículo está hoy en panne a un costado de la carretera. El auto, que ocupó por decenios un sitial de avanzada, al descollar en categorías como reducción de la pobreza, aumento de la clase media, empleo, consumo, prosperidad, integración al mercado mundial, ingreso per cápita, diversificación exportadora, calidad de vida, transparencia, democracia y libertad, devino bajo Bachelet en un pálido reflejo de lo que fue.

A pesar de haber sido manejado por distinguidos pilotos, como el prudente Aylwin, el pragmático Frei Ruiz-Tagle, el conciliador Lagos o el enérgico Piñera, el auto ya no corre. ¿Por qué? Mecánicos teóricos e incompetentes, bajo la batuta de una conductora que en el pasado no lo hizo mal, metieron mano al motor y hasta ahí llegamos. Del admirado coche solo queda hoy el encabritado caballo de su escudo.

No era un Ferrari italiano, sino uno modesto, pero con innegable caché. En los setenta manejábamos apenas una "chancha" o una Citrola, nada comparable con los Torino que construían allende los Andes. Entonces éramos un grisáceo país regional, no el "agrandado" que fuimos hasta que descoyuntaron el motor. Nuestro coche fue construido entre muchos y a lo largo de decenios, y corría seguro, y si bien necesitaba ajustes y reparaciones, no merecía el desmontaje completo ni el injerto de piezas de modelos fallidos.

Pues aquí estamos ahora, a la vera del camino, viendo cómo otros nos pasan. Los problemas del vehículo nos inquietan: economía en declive, inversión estancada, delincuencia en alza, empleo a la baja, reformas a toda vela, brotes de anarquía, falta de liderazgo, disputas gubernamentales, crisis de confianza, improvisación. Y como si no bastara: acefalía en el Ministerio Secretaría General de la Presidencia, Servicio de Impuestos Internos, Contraloría General de la República y embajada en Argentina, por mencionar algunos casos.

Y eso no es todo. La piloto de nuestro carro averiado exhibe problemas de estilo en la conducción: la tendencia al "secretismo", que condena su propia escudería, y el empleo de un lenguaje inusual en la tradición de los pilotos criollos. Ejemplo: cuando descalifica a quienes expresan agobio por la impericia o morosidad con que llena cargos clave de la república. Con "dejémonos de leseras" -indeleble como el "paso" de su época como candidata-, la piloto cruzó el fino deslinde que acota las formas dentro de la sociedad democrática, el trato a los ciudadanos y el ejercicio de su alta investidura.

Cada gobierno lega al país, a través de sus líderes, un lenguaje que perdura. Los regímenes autoritarios dejan un léxico áspero, agresivo, y los gobiernos democráticos, uno que puede ir de la exquisitez a la ordinariez. Los gobiernos deben cuidar su estilo, porque expresa su alma y adquiere una función educativa en la sociedad. Desde el "dejémonos de leseras" como reacción ante una legítima inquietud de la mayoría, Chile ya no es el mismo. Hay frases que marcan un antes y un después en una administración. Y esa es una de ellas.

En fin. Aquí estamos, aguardando ver cómo la autoridad repara nuestro hasta hace poco celebrado vehículo. Quisiera que esto fuera un mal sueño, como debe quererlo el "Rey Arturo" cada vez que ve las fotos de los restos de su Ferrari. Una grúa remolcó ya su auto. El nuestro, en cambio, continúa detenido a la vera del camino. Y eso sí que no es lesera.

Roberto Ampuero

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